Aunque el índigo llegó por caminos lejanos, aquí se adaptó con maceraciones frías y paciencia en cubas pequeñas. El tejido emerge verdoso, luego azulea al tocar el aire, como si recordara cielos despejados tras la ventisca y promesas de camino abierto.
La rubia tinctoria crece en márgenes pedregosos y ofrece raíces que, bien secadas y molidas, regalan rojos anaranjados persistentes. En la costa, antiguas recetas añadían alumbre y vinagre, reforzando la fijación mientras las telas se oreaban mirando el mar que todo oxigena.
Del hierro viejo sumergido en vinagre nacen negros profundos; de cáscaras de nuez, marrones que abrazan la madera; de hojas jóvenes, verdes fugaces. El juego está en medir mordientes, respetar temperaturas y aceptar que la naturaleza impone tonos honestos.
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